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Si
en 1998 la ciudadanía había emitido un mensaje de
desconfianza hacia la clase política, con una abstención
electoral muy por encima del promedio histórico, en el 2000
afloró en varios planos una crisis de representatividad.
La expresión más dramática de esa crisis fue
sin duda el movimiento social que condujo al rechazo de las reformas
al mercado de las telecomuni-caciones y el ICE, que sin embargo
habían sido aprobadas en primer debate por 45 diputados.
En la misma bitácora deben anotarse el rechazo legislativo
a la reelección presidencial -pese a que, según las
encuestas, una mayoría ciudadana la favorecía- y al
proyecto de ley de creación del referendo; las acciones de
protesta de los agricultores y la remoción de veinte alcaldes
municipales. Mientras la oposición al Combo del ICE,
las protestas de los agricultores y la remoción de alcaldes
muestran desconfianza de la ciudadanía frente a sus autoridades,
el rechazo a la reelección y el referendo parecen indicar
desconfianza de los legisladores con respecto al juicio de la ciudadanía.
El
movimiento de oposición a las reformas al ICE reveló,
por su magnitud e imprevisibilidad, rasgos básicos de la
convivencia democrática costarricense. Puso de manifiesto,
por una parte, las deficiencias en los mecanismos de representación
política -legislativa y partidaria- del sistema. Mostró
que el país no cuenta con mecanismos adecuados para la resolución
de conflictos que saltan el plano de lo sectorial y se convierten
en nacionales. Además, su-brayó la debilidad de los
procesos de concertación paralelos al sistema político
for-mal, como el que se intentó en 1998, en el
cual se había llegado a acuerdos sobre al-gunos de los temas
que luego se discutieron en el Combo. En temas complejos
y delicados, la concertación tendría que ser mucho
más perfecta -en cuanto a representatividad de los actores,
mecanismos de diálogo, transparencia y firmeza de los compromisos-
para lograr su cometido de remover obstáculos para la toma
de grandes decisiones. También se puso en evidencia que,
dado el alto grado de comunicación noticiosa que existe en
Costa Rica, los temas sensibles pueden despertar movimientos de
protesta ciudadana que no necesariamente responden a las dirigencias
de organizaciones sociales consolidadas. Si bien los sindicatos
del sector público y algunas otras organizaciones jugaron
un papel importante en el desarrollo de los hechos, lo cierto es
que buena parte de las expresiones callejeras de protesta se produjo
en forma espontánea y sin un liderazgo orgánico. Finalmente,
el modo en que se resolvió el conflicto sacó a la
luz una vez más el espíritu cívico tradicional
del costarricense (en otras sociedades un conflicto de esa escala
hubiera ocasionado daños mucho más graves), y la confianza
ciudadana en instituciones a las que se percibe por encima del entramado
político: la Defensoría de los Habitantes y las autoridades
académicas (cuadro 4).
En relación con las reformas a la ley del ICE, pasado el
conflicto, la solución política aplicada para poner
fin al movimiento anti-Combo encalló dentro de
la estructura del Poder Legislativo, que no está preparada
para una participación activa de la ciudadanía en
la formulación de leyes, o en el veto de sus decisiones.
En
términos generales, el vacío de confianza entre gobernantes
y gobernados no da lugar a formas alternativas de participación,
ni al mejor aprovechamiento de las que existen. Los partidos políticos,
llamados en un régimen democrático a ser el principal
mecanismo de intermediación entre la ciudadanía y
el Estado, son vistos más bien como engranajes cerrados,
ocupados por personas que quieren obtener cargos públicos,
y tienen la estimación más baja entre todas las instituciones
sociales. Los sindicatos prácticamente sólo existen
en el sector público, y tienen un grado muy bajo de confianza
ciudadana según las encuestas de UNIMER, al igual que las
cámaras empresariales. Las organizaciones más beligerantes
en el año 2000, además de los sindicatos del ICE y
la CCSS, fueron las de campesinos, y otras dedicadas a intereses
específicos como los derechos de las mujeres y los asuntos
ambientales.
Los
espacios creados por el Estado para favorecer la participación
directa y personal
de las y los ciudadanos en la gestión pública son
poco aprovechados. Por ejemplo,
el número de proyectos de ley presenados mediante el mecanismo
de iniciativa popular es mínimo, y el de proyectos aprobados
es prácticamente nulo; pocas personas comparecen en las audiencias
de la ARESEP, y hay dificultades para reunir a los miembros de las
Juntas de Salud. El único mecanismo de participación
directa en la gestión pública que registra crecimiento
es el Triángulo de Solidaridad, en el cual llama la atención
la considerable presencia de personas de bajos ingresos. El costarricense
parece en efecto más inclinado a cuidar su jardín,
para usar la frase de Voltaire, dejando en manos de otros su representación,
que a involucrarse personalmente en la gestión de los asuntos
públicos.
El
ámbito judicial ha tenido que seguir haciéndole frente
al aumento general en el número de litigios. Los casos ingresados
a los tribunales en el año 2000 se incrementaron un 10,2%
respecto de 1999, y han venido creciendo a una tasa promedio del
9,1% anual desde 1993. La eficiencia en la resolución de
casos ha aumentado, pero no al ritmo necesario para disminuir la
mora judicial. Cabe señalar que la larga duración
de los litigios, y en consecuencia lo elevado de su costo, se cita
como una de las causas de pérdida de competitividad de Costa
Rica en materia de atracción de inversiones. La Corte Suprema
de Justicia, con el apoyo del BID, ha emprendido iniciativas para
hacer más eficiente la gestión de los despachos, que
incluyen reformas procesales y medidas administrativas. Se ha avanzado
también, aunque lentamente, en el establecimiento de mecanismos
y sedes de resolución alterna de conflictos: en el año
2000 se abrieron Casas de Justicia en Mon-tes de Oca, Mora y Puntarenas.
El
crecimiento de la inseguridad ciudadana, tanto percibida como real,
es uno de los fenómenos más llamativos de los tres
últimos lustros. Basado en las denuncias presentadas ante
el OIJ, un indicador parcial pero el único disponible para
un análisis
comparativo de largo plazo, muestra que las tasas de delitos contra
la propiedad y contra la vida aumentaron sostenidamente entre 1987
y 1994. En el caso de los delitos contra la propiedad, en ese período
se pasó de 595,6 a 1.061,02 por cada 100.000 habitantes,
y en el de delitos contra la vida, de 87,3 a 128 por cada 100.000
habitantes. A partir de 1996 el número de denuncias bajó
hasta ubicarse en tasas similares a las del inicio de esa década.
Sin embargo, la tasa de robos con violencia sobre la persona no
dejó de crecer, y en 1999 cuadruplicó la de 1987.
También sigue aumentando el número de denuncias por
violencia intrafamiliar, pero se presume que el país aún
está en una fase de desocultamiento de un fenómeno
preexistente, gracias a los nuevos mecanismos de protección
a la mujer agredida.
En
materia policial, los esfuerzos gubernamentales se han concentrado
en la contratación y adiestramiento de nuevo personal (cerca
de 1.000 plazas nuevas en el año en estudio) y en los programas
de seguridad comunitaria, que atienden al 13,8% de la población.
Alrededor del 24% de los costarricenses paga algún tipo de
seguridad privada; las empresas dedicadas a esa labor contaban con
7.690 efectivos registrados en el 2000. En ese mismo año,
la fuerza pública contó con un total de 9.340 efectivos.
Como
respuesta al aumento en la delincuencia, y también al déficit
acumulado en
instalaciones penitenciarias, los sucesivos gobiernos han hecho
importantes inversiones
en ese campo desde 1995, con lo cual ha disminuido sustancialmente
la tasa de hacinamiento en las cárceles. En cinco años
se logró disminuir la sobrepoblación carcelaria de
más del 50% a un 9%, y se proyecta que puede desaparecer
en el futuro próximo.
 
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