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En
las últimas dos décadas del siglo XX, Costa Rica estuvo
lejos de lograr transformaciones en el tejido social como las que
logró entre 1950 y 1970. Desde el punto de vista de la equidad,
es importante señalar que el coeficiente de Gini, que mide
la distancia de ngresos entre los distintos estratos de la población,
se mantuvo relativamente constante desde 1980. Esto se explica porque
los instrumentos principales de la movilidad social -educación
y empleo- no experimentaron cambios significativos en los extremos
del período (1980 y 2000). La tasa de escolaridad bruta de
la educación del tercer ciclo y del diversificado se recuperó
hace un par de años, después de haber caído
en cerca de 20 puntos porcentuales a principios de los ochenta.
En el caso de la educación diversificada, esa tasa fue de
46,2% en el 2000, contra 49,3% en 1980, sin que se haya logrado
aún recuperar el máximo histórico. La tasa
de subutilización de la fuerza de trabajo se mantuvo estable.
La persistencia de esos indicadores en el tiempo refleja su condición
estructural, en el sentido de que forman parte de un entramado relativamente
constante de relaciones sociales y económicas.
Por
considerar que la pobreza de las familias es un obstáculo
para el logro de la equidad y la integración social, los
informes sobre el estado de la nación le han dedicado especial
atención a ese fenómeno a lo largo de los años.
Se ha utilizado primordialmente el indicador de pobreza de ingresos,
medido según el método de líneas de pobreza.
Ese indicador señala que, en el 2000, poco más del
21% de los hogares estuvo por debajo de la línea de pobreza,
porcentaje similar (aunque levemente superior) al de los años
anteriores. Gracias al aporte de los equipos académicos que
nutren el Informe, se ha logrado refinar y profundizar el análisis,
dentro de los límites que impone la información estadística
disponible. Así, al análisis de pobreza de ingresos
y pobreza o privación humana que introdujeron los informes
de desarrollo humano del PNUD, se han agregado mediciones sobre
la intensidad y la severidad de ese fenómeno, las
brechas de pobreza por región, la vulnerabilidad
de las familias que se encuentran apenas por encima del umbral de
pobreza, y ahora, en este VII Informe, se suma una medición
de la pobreza según el método de las necesidades básicas
insatisfechas (NBI), el cual, al combinarse con el de las líneas
de pobreza, da lugar a una medición integrada de la pobreza
(MIP). De acuerdo con esta nueva medición, el 38,7% de los
hogares costarricenses muestra algún tipo de pobreza, ya
sea por insuficiencia de ingresos o por incapacidad de satisfacer
alguna de las necesidades básicas: educación, salud,
vivienda o acceso a servicios como agua potable y alumbrado. En
la zona rural, el 46,1% de los hogares se encuentra en esa condición
(cuadro 1,
cuadro 2).
Uno
de los factores clave para romper el círculo vicioso de la
reproducción de la pobreza, en el mediano y largo plazo,
es la educación. En este ámbito el principal desafío
sigue siendo la universalización de la matrícula de
la educación secundaria, cuya tasa neta en el año
2000 apenas alcanzó el 64,7%, incluyendo todas las modalidades.
Este indicador ha venido creciendo establemente a lo largo de la
década, pero el porcentaje de deserción en la educación
secundaria diurna prácticamente no se modificó durante
ese período. En otras palabras, si bien se ha incrementado
el número de estudiantes que ingresan en ese ciclo educativo,
el porcentaje de los que luego abandonan los estudios se mantiene
constante. Los momentos más críticos son el paso de
la primaria a la secundaria, y los últimos dos años
de ésta. Entre las causas de deserción reportadas,
la falta de interés en el estudio y el desaliento ante el
fracaso escolar pare-cen ser tan importantes como las limitaciones
económicas (cuadro 3).
Esto plantea interrogantes sobre la calidad y la pertinencia del
currículum de secundaria, así como la necesidad de
salidas intermedias, como ya se indicó en el VI Informe.
Al respecto, en el capítulo 2 se señala la necesidad
de una investigación profunda, de carácter cualitativo,
sobre la educación secundaria, a fin de detectar mejor las
razones de la dificultad para retener a los estudiantes en este
ciclo. Una buena noticia en este orden es que el porcentaje de aprobación
de quienes se mantienen en secundaria ha venido mejorando en los
últimos años: pasó de 75,4% en 1995 a 83% en
el 2000.
El
país sigue mostrando avances en el sistema institucional
de atención a la salud, ámbito en el cual presenta
condiciones similares a las de las naciones desarrolladas. Un logro
de especial valor, tanto real como simbólico, es la reducción
de la tasa de mortalidad infantil a un mínimo histórico
de 10,2 por mil nacidos vivos, aunque siguen existiendo disparidades
regionales en este indicador. En ese orden de cosas, llama la atención
el aumento en el porcentaje de madres que amamantaron a su último
hijo por al menos tres meses, y la reducción del tabaquismo
entre las mujeres en edad fértil. Esas tendencias pueden
contribuir a mejorar todavía más el indicador, lo
cual vendría a mostrar el potencial de los cambios culturales
y de estilo de vida en la promoción de la salud. Esto tiene
particular relevancia porque los problemas más graves de
salud de Costa Rica, hoy en día, no se pueden resolver sólo
en los consultorios o en los quirófanos: entre las principales
causas de mortalidad están las enfermedades cardiovasculares
y el cáncer, los accidentes, homicidios y suicidios, todos
ellos relacionados en algún grado con hábitos de conducta
y de consumo.
Como
continuación de investigaciones anteriores realizadas en
el marco del Proyecto Estado de la Nación, el VII Informe
contiene un estudio sobre muertes violentas (accidentes, homicidios,
suicidios) en el trienio 1998-2000. La comparación con trienios
anteriores muestra que el problema sigue agravándose. La
principal causa de muerte violenta son los accidentes, y entre estos
los de tránsito (61% del total), con presencia de alcohol
en el 30% de los fallecidos. El segundo grupo de accidentes mortales
corresponde a personas ahogadas en el mar o en ríos, turistas
extranjeros en muchos casos. El suicidio (7,5 hombres por cada mujer)
produjo más víctimas que el homicidio (6 hombres por
cada mujer). Llaman la atención las altas tasas de homicidios
en Limón, y de accidentes de tránsito en Limón,
Puntarenas y Guanacaste.
Una
evaluación de las funciones esenciales de salud pública
(FESP) realizada por la OMS y el Ministerio de Salud, con la participación
de expertos provenientes de una amplia gama de instituciones nacionales,
revela entre otras cosas que las debilidades del sistema tienen
que ver con el desarrollo de recursos humanos y la capacidad de
investigación, así como con el control institucional
y la capacidad de mejorar los servicios, factores que parecen estar
muy relacionados entre sí.
Respecto
al tema de los recursos humanos, se ve con preocupación la
formación de nuevos médicos: numerosas instituciones
privadas, sin mayor inspección en cuanto al número
de alumnos y el desarrollo curricular, atienden a un contingente
de futuros profesionales bastante superior a las plazas disponibles
en los hospitales de la CCSS para realizar las prácticas
clínicas, así como para cumplir con el servicio social.
En el caso de las prácticas clínicas, la situación
se traduce en una saturación de la capacidad hospitalaria,
en detrimento de los derechos y bienestar de los pacientes.
En
relación con otras políticas sociales, se recuperó
notoriamente el ritmo de entrega de bonos de vivienda (que el año
anterior había bajado al mínimo desde 1990); el Triángulo
de Solidaridad y los EBAIS continuaron ampliando su cobertura, y
el IMAS elaboró el Sistema de Información de la Población
Objetivo (SIPO), que le permite orientar sus recursos con más
eficacia.
La
inversión social consolidada del Estado2 continuó
con el ritmo de crecimiento, lento pero estable, que mostró
a lo largo de la década, para ubicarse en un 17,4% del PIB,
siempre por debajo del 20% que se estimaba antes del nuevo sistema
de cálculo de las cuentas nacionales.
 
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