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Sinopsis del estado de la nación en el 2000

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Por ser fin y principio a la vez, el año 2000 es una ocasión privilegiada para observar el estado de la nación costarricense. Situado entre dos siglos, el pasado y el futuro se anudan en ese año con especial fuerza simbólica, tanto al examinar las cosas más evidentes, como al aguzar los sentidos para penetrar en las menos obvias. Para empezar con las primeras, es claro que Costa Rica transitó a lo largo del siglo XX mejor que la mayoría de las naciones. Los Informes de Desarrollo Humano del PNUD la incluyeron en la última década del siglo entre los países de alto desarrollo humano. Una observación más atenta de los principales indicadores revela que a mediados del siglo, entre 1940 y 1975, se produjeron en el país cambios institucionales, económicos y sociales de gran alcance. Puede afirmarse incluso que en las décadas siguientes Costa Rica cosechó, en términos de desarrollo humano, los frutos de aquella época. La nación siguió avanzando por una especie de inercia histórica y los nuevos movimientos institucionales, económicos o sociales no tuvieron el vigor para iniciar una nueva época de rápido y sostenido progreso social. Si bien es cierto que los indicadores primarios tendieron a recuperarse y estabilizarse o a crecer moderadamente, después del punto de inflexión que representó la crisis de principios de la década de los ochenta, no se ha recuperado el rápido ritmo de progreso de la época anterior.

Al abrirse el siglo XXI, tal parece que aquella inercia histórica da señales de agotamiento. El país no logra traspasar umbrales críticos en cuanto al crecimiento del producto nacional, el ahorro interno, la reducción de la pobreza, la escolaridad promedio o la subutilización de la fuerza de trabajo. Acompañando esta inercia, debido al empate de fuerzas políticas y sociales, el país muestra un estancamiento en su capacidad para adoptar las decisiones políticas e institucionales sobre el rumbo futuro de la sociedad, tal como se indicó en el VI Informe Estado de la Nación.

Hay fuerzas importantes que actúan para romper ese estancamiento, para bien o para mal. Por una parte están las condiciones internacionales asociadas al proceso de globalización. Algunas de ellas son de carácter institucional, como los convenios internacionales que ha suscrito el país. Otras son estrictamente económicas, y responden a los mecanismos de oferta y demanda de las finanzas y el comercio internacional. Por otro lado existen condiciones internas: una cierta impaciencia ciudadana ante los resultados, o la falta de ellos, del sistema estatal; una presencia creciente de la violencia en esta sociedad tradicionalmente civilista, y la existencia de un numeroso contingente demográfico que se encuentra hoy entre los 5 y los 20 años de edad. Como señala el Censo de Población de 2000, esta es la generación de relevo de los próximos veinte años, que constituye un “bono demográfico” que la sociedad costarricense debe aprovechar (recuadro 1).

La información censal permite reexaminar la importancia de esta situación demográfica,cuyo potencial puede ser bien o mal empleado por la sociedad costarricense (recuadro 2). Es decir, puede aprovechar el tiempo de maduración de esta generación para capacitarla y crearle nuevas oportunidades y, con ello, impulsar decisivamente el desarrollo del país, o bien puede abstenerse de hacerlo. En esta perspectiva, lo más relevante del año 2000 no son los eventos de alto perfil como el movimiento contra el “Combo del ICE”, o la caída de las exportaciones de Intel; es lo que significa el estancamiento, dada la situación demográfica, para el futuro de la nación. Simbólicamente se puede situar en el 2000 el inicio de la cuenta regresiva para transformar las capacidades y oportunidades de la primera generación productiva que cosechará el país en el siglo XXI. De lo que se logre hacer en los próximos cinco o diez años, para ofrecer educación y empleos de calidad a estos jóvenes, puede depender lo que se consiga en términos de desarrollo humano en los próximos cuarenta o cincuenta años. Vale la pena recordar que el despegue económico y social de Costa Rica, en torno a la década de 1950, se vio acompañado de un significativo crecimiento demográfico. El país consiguió nutrir, abrigar y educar, a una generación que a su vez dio un impulso al progreso del cual, como se señaló anteriormente, aún hoy se derivan beneficios. De haberse conformado en esa ocasión con darle a la generación emergente las mismas oportunidades de empleo, educación e ingresos de que gozaba el país en los años treinta y cuarenta, ciertamente hoy existiría una sociedad con menor desarrollo y oportunidades.