En el período bajo
análisis, la economía costarricense experimentó
lo que podría llamarse un “crecimiento desarraigado”.
Algunos de los sectores más dinámicos, exceptuado
el turismo, mostraron escasas articulaciones productivas,
fiscales o sociales con el resto de la economía,
la que además tuvo un comportamiento fluctuante,
en función de las condiciones en los mercados internacionales.
Los efectos positivos de ese tipo de crecimiento desarraigado
sobre el empleo, los ingresos y la productividad de la población
son relativamente escasos, al igual que lo es su contribución
a la solvencia de la economía como un todo. Sin embargo,
en el conjunto, la generación de empleo pudo dar
cuenta del crecimiento demográfico, más el
generado por las migraciones, como lo afirma un nivel de
desempleo relativamente bajo y estable. Además, hay
que señalar que ese crecimiento del PIB se dio a
pesar de un entorno internacional adverso para la economía
costarricense.
Durante las dos últimas
décadas el Estado ha modificado sus políticas
e instrumentos de acción sobre la economía,
dejando mayor espacio a las fuerzas del mercado, tanto locales
como internacionales. Esto se refleja, en su estructura
institucional, en el notorio debilitamiento de entidades
como los ministerios de Agricultura y Ganadería,
y de Economía, Industria y Comercio, que en el pasado
intervenían directamente en los sectores productivos,
al tiempo que se han fortalecido los marcos regulatorios
de algunos sectores, particularmente el financiero. Sin
embargo, los datos más relevantes en materia institucional
son la ausencia de una profunda reforma del Estado y la
proliferación de respuestas puntuales a necesidades
particulares mediante la creación de instituciones
con mandatos específicos. Esta atomización
ha complicado de manera significativa la coherencia de la
acción pública y, en consecuencia, s u supervisión.
En el plano de las políticas públicas, los
únicos órganos que adquieren especial relieve
son los nuevos mecanismos de control del sector financiero
y los entes vinculados al comercio exterior. Estos últimos
forman una red caracterizada por la fuerte presencia del
sector privado, en especial a través de PROCOMER
y CINDE.
Hoy
la economía es más abierta que doce años
atrás, aunque esto no ha sido igual en todos los
sectores. Mientras en 1991 el grado de apertura de la economía
costarricense era un 73% del PIB, del cual el 3,6% provenía
de las zonas francas y el 69,8% restante de los demás
sectores productivos, en el año 2003 el grado de
apertura fue de 95,4%, del cual el 30,4% provino del comercio
que generaron las empresas amparadas al régimen de
zonas francas y solo un 65% del comercio que generó
el resto de los sectores económicos del país.
Este proceso ha estado estrechamente relacionado con el
aumento de la inversión extranjera directa, sobre
todo al amparo de los regímenes de zona franca y
perfeccionamiento activo. La inversión en esos sectores
ha crecido en Costa Rica por más de tres lustros,
sin las grandes fluctuaciones que en ese campo experimentaron
otros países latinoamericanos.
Además, bajo el impulso
de la Iniciativa de la Cuenca del Caribe, de incentivos
tributarios y de apertura de cielos, se desarrollaron nuevas
modalidades de agricultura de exportación, así
como una vigorosa industria turística. Los resultados
de esas políticas se reflejan en tasas apreciables
de crecimiento económico, medido en términos
del PIB. En los diez años que van de 1994 al 2003,
Costa Rica mostró la tasa promedio de crecimiento
del PIB más alta de América Latina, a la par
de Chile (4,3%). No obstante, dado que ese crecimiento se
basa en gran medida en inversión extranjera, el pago
de factores al exterior ha adquirido también una
importancia mayor, en especial a partir de 1998. La tasa
promedio de crecimiento real del ingreso nacional disponible
bruto per cápita, en el período 1992-2003,
fue de apenas 2%.
Esto evidencia el fenómeno,
varias veces señalado en este Informe, de la desarticulación
entre los sectores más dinámicos y el resto
de la economía. Como se indicó en párrafos
anteriores, la capacidad de generación de empleo
de esas actividades es limitada, con la probable excepción
del turismo. El empleo en el sector manufacturero creció
un promedio anual de 1,5% en el período 1990-2003,
en tanto que en el sector terciario, que incluye a la industria
turística junto con una gran cantidad de ocupaciones
informales, creció un promedio anual de 5,3%. Es
interesante observar que el crédito para el sector
terciario se incrementó a tasas muy similares. Las
compras locales de las empresas de zona franca totalizaron
entre 2000 y 2003 apenas el 2,4% de sus exportaciones. Por
otra parte, los incentivos fiscales de que goza esta actividad
hacen que su vinculación con la economía nacional
por la vía de los tributos sea muy débil.
Es notable la ampliación
y diversificación de la base productiva y exportadora
del país, que en ese sentido ha experimentado una
transformación sin precedentes en su historia. En
el agro, por ejemplo, la superficie sembrada de piña,
naranja, mango, melón y papaya sobrepasa en casi
un 50% el área dedicada al cultivo de banano. Las
ventas al exterior de las zonas francas equivalían
al 6,0% de las exportaciones totales en 1991, y llegaron
a representar el 40,5% en el 2003. El turismo, a su vez,
generó en el 2003 casi 1.200 millones de dólares,
cerca del 20% de las exportaciones, y solo fue superado
por las ventas de la industria electrónica de alta
tecnología. El monto total de las exportaciones en
el 2003 (6.102 millones de dólares) fue más
de tres veces superior al de 1991 (1.899 millones de dólares).
Del mismo modo, la inversión extranjera directa (IED)
en el 2003 (587 millones de dólares) fue 2,3 veces
superior a la de 1991 (178,4 millones de dólares).
Esto se dio incluso en años en que en el resto de
América Latina la IED sufría una rápida
contracción.
En
forma paralela a esta clara apertura de la economía,
que en muchos aspectos debe considerarse exitosa, ha venido
surgiendo un escenario de riesgo en el ámbito monetario:
el de la dolarización. En 1990 solo del 4,4% de la
cartera de crédito de los bancos comerciales estaba
en dólares, y para el 2003 ese porcentaje era del
56,3%. Los depósitos a plazo en moneda estadounidense
pasaron del 20% en 1987 a casi el 45% en el 2003. Además,
el margen de intermediación en dólares de
la banca costarricense es la mitad del margen en colones.
Esto introduce una distorsión en el mercado e incentiva
la dolarización, con lo cual el país incrementa
su exposición al riesgo cambiario, particularmente
ante eventuales
shocks externos.
Con la aprobación,
en 1995, de una serie de reformas a la Ley Orgánica
del Banco Central, se concretó un proceso de liberalización
del sistema financiero que venía gestándose
años atrás. De esta forma se amplió
la participación de los bancos privados, cuyos activos
crecieron a una tasa promedio anual de 30,8% entre 1990
y 2003, casi el doble del crecimiento de los de la banca
estatal, mientras las captaciones privadas aumentaron en
promedio un 36,7% anual. La participación de los
bancos privados en el total de activos bancarios pasó
de 12% en 1990 a 34% en el 2003. Aun así, la banca
estatal sigue siendo dominante, pues su cuota de mercado
apenas se redujo de 67% en 1993 a 56% en el 2002. Empero,
estas cifras no consideran la participación de la
banca offshore, que
es mayoritariamente privada y cuyo tamaño es casi
idéntico a la movilización local. En términos
generales, sin embargo, la apertura de las actividades financieras
no produjo un repliegue de la institucionalidad pública
en el sector. Más bien se desarrollaron nuevas instituciones,
servicios y mecanismos de control.
Una de las expectativas
que se tenía con la apertura del mercado a la banca
privada era la reducción de las tasas de intermediación
financiera, que tradicionalmente han sido muy elevadas y
constituyen un obstáculo para la inversión
y el desarrollo. El efecto esperado se produjo solo parcialmente.
En la banca estatal, la
diferencia entre la tasa activa y el costo de los fondos
pasó de 18,9 puntos en 1990 a 10,7 en el año
2002. La banca privada disminuyó dicho margen de
9,8 a 6 puntos porcentuales. Ambas tasas siguen siendo muy
altas, incluso a pesar de que el Banco Central, en un esfuerzo
por reducirlas, bajó significativamente el encaje
bancario, de 35% en 1987 a 5% en el 2002. El descenso que
se obtuvo en los márgenes de intermediación
fue de tan solo un punto, por lo cual el instituto emisor
revisó posteriormente hacia el alza el encaje mínimo,
a fin de cumplir con otros objetivos de la política
monetaria. En la actualidad el margen de intermediación
financiera de la banca costarricense es uno de los más
altos de Latinoamérica y aproximadamente el doble
del de Chile. El Informe de
Competitividad Global de 2002-2003, preparado por
el Foro Económico Mundial (Foro Económico
Mundial, 2003), ubica a Costa Rica en la posición
70 entre 80 países en desarrollo, en el tema de competitividad
bancaria.
También se esperaba
que con la apertura de los mercados financieros creciera
la tasa de ahorro interno. Esa expectativa tampoco se cumplió.
La tasa de ahorro interno de Costa Rica era de apenas 15%
en el 2003. Tanto el sistema bancario como los mercados
valores y de seguros son materia de proyectos de reforma
que se encuentran en la Asamblea Legislativa, a la espera
de ser analizados. A esa importante agenda vendrán
a agregarse el tratado de libre comercio (TLC) con los Estados
Unidos de América, que Costa Rica negoció
en el año 2003 junto con los demás países
centroamericanos. En forma paralela, el Congreso deberá
conocer otros asuntos contemplados en ese tratado, particularmente
los relacionados con la apertura en telecomunicaciones.
El presente Informe, sin entrar a valorar los alcances del
TLC, incluye una guía para facilitar su consulta.
El
énfasis de las políticas económicas
en los últimos veinte años ha estado en la
estabilidad macroeconómica. Se ha logrado reducir
la inflación hasta un nivel cercano al 10%, con pocas
fluctuaciones. No se ha podido ir más allá
debido a las persistentes pérdidas del Banco Central
y a la política cambiaria, las cuales están
estrechamente relacionadas con el servicio de la deuda por
bonos de estabilización monetaria. Mediante el sistema
de minidevaluaciones Costa Rica ha conseguido mantener estable
el tipo de cambio real, con el propósito de favorecer
las exportaciones y evitar el exceso de importaciones. Este
sistema, sin embargo, tiende a perpetuar la inflación,
por la vía de las expectativas de los actores económicos.
En un contexto fiscal deficitario y de recurrentes pérdidas
del Banco Central, este es el precio que se paga por mantener
la competitividad de las exportaciones. Por otro lado, la
fortaleza del sector externo ha permitido mitigar las fluctuaciones
de la demanda global. La solvencia de la economía
depende en forma creciente de las relaciones comerciales
con el exterior. Ello es manifiesto también en el
plano del ahorro y la formación bruta de capital;
en 1990 la inversión extranjera directa representó
el 13% de la formación bruta de capital, y en 2002
el 20%.
Pero no hay duda de que
el flanco más débil de la economía
costarricense es el fiscal. Como se ha dicho reiteradamente,
la carga tributaria, que equivale al 13% del PIB y es una
de las más bajas de América Latina, es del
todo insuficiente para atender las tareas del Estado en
el desarrollo nacional. La acumulación de déficit
fiscales a lo largo de los años ha llevado al país
a una situación insostenible, en la que el servicio
de la deuda absorbe casi el 25% del gasto total del Gobierno
y representó el 12,62% del PIB en el 2003. El Segundo
Informe Estado de la Nación, publicado en 1996
y referente al año 1995, advertía: “En
Costa Rica el déficit fiscal ha creado un verdadero
círculo vicioso. El Gobierno procura solventarlo
mediante la emisión de bonos, cuya colocación
masiva requiere altas tasas de interés y cortos plazos
de vencimiento para hacerlos atractivos a los inversionistas.
Esto no solo aumenta la deuda pública interna, sino
también los pagos que cada día el Gobierno
debe efectuar a los tenedores, que son mayoritariamente
instituciones públicas. Como resultado, el Gobierno
se asfixia, pues debe enfrentar otras obligaciones. Para
pagar las deudas, en el pasado el Estado dejó de
invertir en educación, infraestructura y salud; los
altos intereses encarecen los préstamos y le quitan
recursos al financiamiento de actividades productivas. Hoy,
la magnitud de los pagos de la deuda interna tiene postrado
al Estado costarricense”. Casi diez años después,
el país sigue sin resolver este problema. No obstante,
el análisis y el debate del tema fiscal se han intensificado
en años recientes. En julio del 2002 se integró
en la Asamblea Legislativa una comisión mixta con
participación de representantes de la sociedad civil,
para formular un proyecto de reforma fiscal. Esa instancia
terminó sus labores sin que la nueva legislación
fuera aprobada. A la fecha el proyecto, que representaría
una elevación estimada de la carga tributaria del
2,5% del PIB, no ha sido tramitado en su fase final por
el Poder Legislativo.
Uno de los aspectos del
desarrollo nacional que han sido más afectados por
la deuda interna, a causa del “estrujamiento”
de la inversión pública, es el de la infraestructura.
Se ha dicho que el país tiene, además de la
deuda interna, la externa y la social, una “deuda
de infraestructura”. El presente Informe incluye una
sección especial de análisis sobre la infraestructura
vial. Allí se comenta que en la década de
los setenta la red vial de Costa Rica era una de las más
desarrolladas de América Latina, y que veinte años
después pasó a ser una de las más deterioradas.
El 25% de las carreteras nacionales se encontraba en buena
condición de rodamiento en el 2002, y solo el 28%
presentaba un buen estado estructural. Para poner remedio
a esta situación, en el 2001 se aprobó un
impuesto específico a los combustibles, con el fin
de elevar en casi un 100% el monto disponible para construcción
y reparación de carreteras. No obstante, en virtud
de la situación fiscal, en el 2002 el Ministerio
de Hacienda solo giró un 38,4% de los casi 10.000
millones de colones recaudados para las obras municipales
y en el 2003 esta proporción descendió a 21,9%.
Además, de lo efectivamente recibido el MOPT subejecuta
entre un 19% y un 32% anual. En los años del 2001
al 2003 la inversión en infraestructura representó
un porcentaje decreciente del PIB, siempre menos del 1%.
Unido a lo anterior, el
MOPT ha demostrado una escasa capacidad institucional de
planeamiento, ejecución y supervisión y, lo
que es más grave, una notable incapacidad para aprender
de sus propios errores en materia de diseño, construcción
y mantenimiento de carreteras. Obras clave que estaban pendientes
de finalizar hace diez años hoy se mantienen en la
misma condición, como es el caso de la Costanera
Sur.
Si bien la red que está
bajo la responsabilidad del MOPT comprende las carreteras
más importantes del país, designadas “vías
nacionales”, estas constituyen únicamente el
23% de la red total. El restante 77% está formado
por las vías cantonales, que están al cuidado
de los correspondientes municipios. Solo el 3% de la red
cantonal se encuentra en buen estado, el 28% en regular
estado y el 69% en mal estado. Aunque una ley aprobada en
el 2001 asignó una fuente permanente de recursos
a la red cantonal, en la práctica las municipalidades
han recibido una parte muy pequeña, debido a recortes
de presupuesto y al giro tardío de los fondos.
La
solución de este problema, como las de tantos otros,
pasa por el arreglo de la situación fiscal, que le
permita al Gobierno girar a los municipios los recursos
que por ley les pertenecen. Pero además se requiere
simplificar y racionalizar los trámites, y capacitar
técnicamente a los gobiernos locales, para que estén
en mejores condiciones de planificar y administrar las obras.
Sobre esto último, en el 2002 la Universidad de Costa
Rica y el IFAM iniciaron un programa de apoyo.