El desempeño ambiental del 2005 alejó a Costa Rica de buena parte
de sus aspiraciones de desarrollo humano sostenible, entre ellas:
utilizar los recursos naturales a una tasa menor o igual a su
reposición, lograr tasas de residuos y contaminantes iguales
o inferiores a la capacidad del ambiente para asimilarlos, reducir
el deterioro ambiental, minimizar el impacto de los desastres
y tener una sociedad que avance hacia una mayor equidad en el
disfrute de los recursos naturales.
En el año bajo análisis nuevamente quedaron en evidencia debilidades
en la gestión ambiental señaladas en anteriores
informes. Persisten el deterioro y la creciente presión
sobre los recursos naturales y el ambiente, sobre todo en el contexto
urbano. Los monitoreos de calidad denotan la vulnerabilidad de
recursos esenciales para la calidad de vida de la población,
como el aire o el agua, a lo cual se unen patrones de consumo
asociados a una elevada generación de residuos sólidos
y líquidos, y la dependencia de combustibles caros y altamente
contaminantes. De igual forma, las condiciones de vulnerabilidad
y múltiples amenazas -naturales y humanas- del país
encuentran una población que se asienta en el territorio
de manera poco planificada, y en algunos casos con condiciones
sociales y económicas que favorecen un mayor impacto de
los eventos naturales y de los cambios en la estructura social
o productiva.
En el 2005 cumplió diez años la Ley Orgánica del Ambiente
(LOA), un instrumento que ha marcado un hito importante en la
evolución de la legislación ambiental costarricense.
Con ella el país contó por primera vez con un marco
conceptual y normativo unificado, en el que se encuentran
todas las facetas de la gestión ambiental. Definió
nuevos mandatos y responsabilidades administrativas y dio la pauta
para la creación de nuevas instituciones. Junto con la
Ley Forestal (n˚ 7575) y la Ley de Biodiversidad (n˚
7788), estableció muchas de las entidades que actualmente
componen el sector, como la SETENA, el SINAC, el Tribunal Ambiental
Administrativo y el FONAFIFO, entre otras. Como ley marco, la
LOA dio lugar a otras leyes en materia ambiental y propició
instancias de participación y consulta, como el Consejo
Nacional y los Consejos Regionales de Áreas de Conservación.
En el 2005 Costa Rica continuó mejorando y ampliando su marco normativo
y sus esfuerzos de protección, tal como lo demuestran la
promulgación de la Ley de Pesca y Acuicultura y la aprobación
de los cánones de vertidos y de aprovechamiento ambientalmente
ajustado del recurso hídrico. Además, dentro del
espíritu de la LOA, en este año se crearon nuevos
instrumentos de valoración de servicios ambientales, se
definieron con mayor precisión algunas figuras
penales en materia ambiental, se logró un nuevo incremento
del territorio protegido (estatal y privado), se reportó
la reciente recuperación de cobertura forestal en zonas
críticas como Guanacaste y se amplió el conocimiento
sobre la biodiversidad nacional, particularmente en las zonas
marino-costeras.
No obstante su carácter "proactivo" e innovador, la LOA no garantizó
la asignación de recursos financieros y humanos suficientes
para las entidades que creó. Las instituciones ambientales
del país, si bien poseen principios y estructuras de avanzada,
no han tenido las capacidades, los medios y la articulación
necesarios para ejercer una gestión ambiental que garantice
la protección y sostenibilidad de los recursos.
En materia de conservación del patrimonio natural, para
el año 2005 se reportan importantes avances, entre los
que se encuentran el aumento en las áreas bajo protección
y un mejor conocimiento de los recursos naturales, como resultado
de diversos estudios. Las amenazas, sin embargo, persisten, y
se derivan del deficiente ordenamiento territorial, la escasez
de recursos para el pago de terrenos en áreas protegidas
y para la operación de instituciones del sector ambiental,
así como de la extracción ilegal de especies silvestres,
el crecimiento de actividades productivas con pocas regulaciones
y debilidades en la medición de sus impactos ambientales,
tales como la acuicultura y los proyectos turísticos, por
mencionar algunas. En este contexto, resulta clave avanzar hacia
una valoración económica de los recursos naturales5.
En el 2005 se crearon cuatro refugios naturales de vida silvestre y se dio una
modificación de límites en el refugio de la
isla San Lucas y los humedales asociados. Los nuevos refugios
sumaron 52.843 hectáreas adicionales al área protegida
del país, que pasó a representar el 26% de la superficie
continental nacional (SINAC-MINAE, 2006a). Además de la
ampliación del territorio protegido, se ha seguido promoviendo
el establecimiento de corredores biológicos como un componte
de gran relevancia en los esfuerzos de conservación.
Costa Rica es un mosaico de zonas de producción, urbanas y de conservación,
de cuyo ordenamiento y manejo dependen la calidad de vida presente
y futura de los habitantes y la sostenibilidad ecológica
misma de las áreas protegidas. Ordenar estas áreas
es un desafío nacional que debe atenderse con prioridad.
La primera propuesta de ordenamiento territorial para conservación
se hizo con el proyecto Gruas I en 1994, y actualmente el proyecto
Gruas II replantea esa iniciativa con base en la nueva información
disponible (SINACMINAE, 2006b).
Inicio
Aunque en años recientes el país aumentó su conocimiento
sobre la conservación en áreas marinas, éste
continúa siendo escaso. Un estudio técnico realizado
por la Comisión de la Zona Económica Exclusiva (2006)
aporta nuevos elementos sobre la riqueza y la situación
del patrimonio marino-costero, y advierte que estos ecosistemas
están siendo afectados por factores antropogénicos
y el incremento de la contaminación por sedimentos, aguas
servidas, pesticidas y fertilizantes. Asimismo, la investigación
menciona que aún hay pocos estudios referidos al estado
de estos ecosistemas y señala, entre otros vacíos,
la falta de sondeos ecológicos rápidos para determinar
la presencia y distribución de especies a lo largo de las
costas (CZEE, 2006).
Refiriéndose a los manglares, el mismo estudio demuestra que la
salud de estos ecosistemas depende a menudo de procesos de contaminación
y degradación que se dan a escalas mayores, a nivel de
cuencas hidrográficas y en las zonas marino-costeras.
La CZEE indica que la acuicultura es la principal amenaza para
estos ecosistemas, pues su desarrollo implica tala de áreas
de manglar, contaminación de aguas, acidificación
de suelos, modificaciones del régimen hídrico
por la construcción de diques y drenajes, cambios en la
cadena trófica, extracción de poslarvas, propagación
de enfermedades y aniquilación de fauna. Además
destaca que la contaminación por desechos orgánicos
y sólidos, hidrocarburos y pesticidas, afecta la estabilidad
de los manglares (CZEE, 2006).
Además de los avances en el conocimiento sobre ecosistemas, continuó
en aumento la identificación de nuevas especies.
En el 2005 se registraron al menos 233 especies nuevas para la
ciencia, 202 de insectos, 17 de plantas, 12 de hongos y 2 de nemátodos,
así como 29 especies de hongos y una especie de araña
nuevas para el país. La evaluación, categorización
y revisión periódica del estado de conservación
de especies, basadas en el conocimiento generado, constituyen
una actividad primordial para la conservación de la biodiversidad
a corto, mediano y largo plazo. En el 2005 finalizó
un proceso para determinar la inclusión de más especies
a la veda que resultó en la recomendación de incorporar
22 especies más. Con el nuevo decreto estarían vedadas
41 especies, que representan el 0,4% del total de plantas conocidas
para el país (9.555) y el 14% del total de especies maderables
(300) (Obando et al., 2006).
En materia del uso del patrimonio natural, en el 2005 Costa Rica recibió
1.679.051 turistas, lo que representó un incremento de
un 15,6% en relación con el 2004 (ICT, 2005). El número
de habitaciones hoteleras ha venido en aumento en los últimos
diez años, y superó las 36.000 en el 2004. El Plan
Nacional de Desarrollo Turístico 2002-2012 contempla una
expansión de 1.800 habitaciones nuevas cada año,
con el fin de alcanzar un crecimiento del 6,6% anual en
el sector de turismo internacional (ICT, 2004). Este incremento
del turismo no ha sido acompañado de sistemas de medición
unificados que permitan evaluar sus efectos, especialmente
en cuanto a la distribución de sus beneficios sociales
y la minimización de sus impactos ambientales. Solo 59
hoteles poseen el Certificado para la Sostenibilidad Turística
que otorga el ICT (E6 : Monge, 2006), el cual garantiza
al huésped que el hotel cumple con una serie de estándares
ambientales, culturales y sociales.
La sociedad civil ha venido participando de manera creciente en los esfuerzos
de conservación. En el año bajo análisis,
57 playas, 222 centros educativos y 21 comunidades no cos-teras
recibieron la Bandera Azul Ecológica (BAE) (E: Elizondo,
2006). Este programa, impulsado desde 1996 por organizaciones
como el MINAE, el ICAA y el ICT, se creó para evaluar la
calidad ambiental de las playas del país e incentivar su
mejoramiento. Actualmente se entrega también a comunidades
no costeras y centros educativos. Del 2004 al 2005, 7 playas más
recibieron la BAE y las comunidades no costeras con el galardón
se duplicaron (Mora y Chaves, 2005).
Mediante imágenes satelitales se confirma la expansión de
la cobertura forestal que ha experimentado la provincia de Guanacaste.
En 1986, esta provincia presentaba una cobertura equivalente al
34% de su territorio, la cual pasó a un 41% en el 2000
y llegó a un 52% en el 2005. Como parte de este notable
proceso de restauración, se observa que el número
de parches de bosque y su tamaño promedio igualmente han
aumentado (Calvo, 2006).
Tal como ha ocurrido en años recientes, los logros en la gestión
del patrimonio contrastan con los retrocesos y estancamientos
que se observan en la gestión del cambio en áreas
urbanas. De ser una sociedad mayoritariamente rural, en los últimos
cuarenta años Costa Rica pasó a ser una sociedad
eminentemente urbana. Entre 1973 y el 2000 la población
pasó de 1.871.780 habitantes a 3.810.179 y su densidad
por kilómetro cuadrado se duplicó, de 36,6 a 74,6.
En el mismo período, la
proporción
de residentes urbanos pasó de 43% a 59%. La mayor parte
de este crecimiento se concentró en lo que hoy se conoce
como la Gran Área Metropolitana (GAM), que tiene una extensión
de 1.778 km2 y abarca desde Paraíso (provincia
de Cartago) al este, hasta Atenas(provincia de Alajuela) en el
oeste (foto 1.1). La expansión del uso habitacional del
suelo ha sido rápida y desordenada. En todo el país,
el número de viviendas en zona urbana pasó de 330.833
en 1994 a 666.126 en el 2005. Solo entre 2004 y 2005, el área
de construcción creció un 12,1%, al pasar de 2.723.683
m2 a 3.053.300 m2 (INEC, 2006b). Los problemas
se dan, al igual que en casi todos los aspectos de la gestión
ambiental, en un contexto institucional fragmentado y con poca
planificación. Se encuentran vigentes 27 leyes que
dan competencias a 22 instituciones para el ordenamiento territorial
del país (MIVAH et al., 2006).
En el 2005, y por primera vez en varios años, la población abastecida
con agua de calidad potable experimentó una leve baja,
de 82,8% a 82,2%. El 76% de la población nacional recibe
agua con desinfección continua y el 63,5% consume agua
que ha sido sometida a programas de control de calidad (Mora y
Portugués, 2005). El acceso a agua de calidad potable se
torna crítico entre las comunidades marginales y vulnerables
del país. Una evaluación del riesgo sanitario de
37 acueductos en territorios indígenas, realizada por el
Laboratorio Nacional de Aguas del ICAA durante el período
2003-2005, determinó que más del 90% de los acueductos
tenía contaminación fecal, 12 (33%) presentaban
riesgo sanitario alto y 5 (14%) un riesgo muy alto (Feoli y Mora,
2006). La alta vulnerabilidad de los recursos hídricos,
que se ha venido documentando en informes anteriores, se manifestó
en los eventos de contaminación de fuentes subterráneas
registrados en el 2005, que provocaron pérdidas millonarias.
En Sarapiquí y Limón 4.000 pozos resultaron dañados
tras las inundaciones de enero de 2005 en la zona del Caribe,
y la contaminación de un pozo en Barreal de Heredia, como
consecuencia de una infiltración de combustible detectada
en el 2004, ocasionó una declaratoria de emergencia en
el 2005 (E: Chacón, 2006).
Inicio
Dichosamente en el 2005 hubo avances, aunque limitados, en torno al manejo del
recurso hídrico. Sobresalen en primer lugar algunos esfuerzos
por mejorar la débil generación y sistematización
de información sobre el tema, incluyendo la puesta en marcha
de la Estrategia para la Gestión Integrada de Recursos
Hídricos. En la Asamblea Legislativa, la Comisión
de Asuntos Ambientales dictaminó positivamente el proyecto
de Ley del Recurso Hídrico, pero fue escaso el progreso
en su tramitación. Lo más relevante del 2005 fue
la aprobación del canon de aprovechamiento ambientalmente
ajustado y el canon de vertidos, que deberán pagar todos
los entes públicos y privados usuarios del agua. Los fondos
así generados contribuirán a la sostenibilidad financiera
de la gestión del recurso hídrico, mediante el pago
por servicios ambientales para la protección del agua en
117 millones de hectáreas privadas (pequeños y media-nos
propietarios) y otro tanto en áreas protegidas estatales.
Adicionalmente, permitirán el fortalecimiento de la red
hidrometeorológica y la inversión en infraestructura
local de control de caudales y acueductos rurales, a través
de las Asociaciones Administradoras de Acueductos Rurales (ASADAS)
o las municipalidades (E: Zeledón, 2006).
En el tema energético, la alta dependencia de los hidrocarburos (67,3%
de la energía comercial depende de ellos, especialmente
para el transporte) unida a la persistente escalada en los precios
del petróleo, sigue haciendo de este un asunto estratégico
para el país. La factura petrolera continuó en aumento,
y pasó de 699 millones de dólares en el 2004, a
998 millones en el 2005 (BCCR, 2006). No obstante, esta situación
no ha desmotivado la compra de vehículos particulares,
ya que el parque automotor continúa creciendo y contabilizó
1.013.823 unidades en el 2005 (Compendio Estadístico).
Desde el 2004 el Gobierno Central impulsó un conjunto de
medidas de corto plazo para reducir el consumo de combustibles,
una vez que el precio del barril de crudo alcanzó los sesenta
dólares en el mercado internacional; entre éstas
destaca la restricción del tránsito vehicular en
el casco metropolitano de San José y el adelanto de una
hora en la jornada laboral de las instituciones públicas,
como parte del "Plan de Contingencia Petrolera". Además
se sustituyeron las lámparas del alumbrado público
por otras más eficientes, se brindaron facilidades
arancelarias para la importación de vehículos híbridos
con motores eléctricos y se promovió el uso eficiente
de la energía en el marco de la Ley reguladora del uso
racional de la energía. Durante el 2005 se reactivó
el tren de pasajeros interurbano y se inició un plan piloto
para el uso de un 7,5% de etanol en vehículos a gasolina.
Para ello, RECOPE adjudicó un contrato por tres millones
de dólares a la petrolera rusa Luko Oil, a fin de
distribuir biocombustible en 64 gasolineras ubicadas en la zona
del Pacífico Central. El biodiesel puede reemplazar
hasta en un 30% el diesel tradicional, sin ninguna modificación
de los motores. Según el Plan Nacional de Energía,
esto podría reducir la contaminación y la factura
petrolera, además de estimular la producción agrícola.
No obstante, siguen quedando relegadas a un segundo plano las
iniciativas orientadas hacia la búsqueda de soluciones
de largo plazo y las que tienen como punto de partida el reconocimiento
de las oportunidades que ofrece al país el uso innovador
e inteligente de su patrimonio natural (Blanco y Quirós,
2006).
Con respecto al subsector eléctrico, el consumo del Sistema Eléctrico
Nacional creció un 5,1% con el 2005 en relación
al 2004. Pese a este aumento en la demanda, la capacidad instalada
no varió en el 2005 y se mantuvo en los mismos 1.961 MW
reportados en el 2004 (ICE, 2006).
En lo que concierne al recurso aire, estudios realizados por la UNA en puntos
clave del área metropolitana, revelaron que la contaminación
por material particulado (PM-10) no cambió significativamente
entre 2004 y 2005. La investigación de la UNA encontró
que los resultados diarios no sobrepasaron la norma nacional (150
μg/m3) en ninguno de los puntos de muestreo, aunque
en ocasiones el promedio mensual fue superior a la norma (50 μg/m3)
(PECAire, 2006). Por su parte, mediciones efectuadas por la UCR
detectaron áreas en la ciudad de San José donde
las concentraciones de óxidos de nitrógeno sobrepasan
el valor límite recomendado por la Organización
Mundial de la Salud. A su vez, la Agencia de Cooperación
Alemana, GTZ, en el marco del Proyecto Aire Limpio, llevó
a cabo un estudio sobre el impacto ambiental de la revisión
técnica vehicular en vehículos a gasolina y su aporte
en el control de emisiones contaminantes. Se encontró que
el mayor aporte de monóxido de carbono (CO), proviene de
los vehículos particulares (31.348 toneladas para el 2003),
seguidos por los de carga liviana (12.050 toneladas) y los taxis
(3.166 toneladas). Comparando el 2003 y el 2005, se aprecia que
hubo una reducción en las emisiones totales de CO, que
pasaron de 46.564 toneladas en el 2003 a 42.178 toneladas, es
decir, una disminución del 9,4%, a pesar de que en ese
período la flota vehicular aumentó en aproximadamente
un 14% (Herz et al., 2005).
El país sigue sin encontrar soluciones sostenibles al problema de los
residuos sólidos (RS). Se estima que en Costa Rica se generan
4.500 toneladas diarias de RS domiciliarios y que cerca del 30%
de ellos se deposita sin ningún control en calles, ríos
y lotes baldíos, lo que provoca estrangulamiento del alcantarillado,
contaminación visual, variación del caudal de los
ríos y deterioro ambiental (IFAM et al., 2003). La crisis
que se suscitó en el 2005 en el cantón de Tibás
evidenció la persistencia de los problemas asociados al
crecimiento expansivo y desordenado de la mancha urbana.
En materia de gestión del riesgo, en el 2005 destacaron la frecuencia
de los eventos hidrometeorológicos y la alta vulnerabilidad
en que se encuentran las comunidades pobres y los habitantes de
regiones periféricas. La estación lluviosa estuvo
asociada a temporales originados por diversos fenómenos
hidrometeorológicos, que fueron influenciados indirectamente
por la intensa temporada ciclónica que caracterizó
el año. De los veintinueve ciclones que cruzaron el Caribe,
siete ocasionaron importantes eventos lluviosos en Costa Rica.
El predominio de las inundaciones, los deslizamientos y los vendavales
en el escenario de desastres del 2005 reiteró una tendencia
que se ha monitoreado en el país por más de treinta
años. Los fenómenos hidrometeorológicos extremos
dejaron pérdidas por casi 77.500 millones de colones (CNE,
2006). Según los registros de la base de datos Desinventar
para el 2005, de 939 eventos originados en amenazas naturales,
el 68% correspondió a inundaciones, un 29% a deslizamientos
y un 3% a vendavales. Aguirre, Cartago y Desamparados son los
cantones con mayor recurrencia de inundaciones. Por otra parte,
un estudio sobre la vulnerabilidad, medida con base en las viviendas
afectadas por eventos naturales, reveló que los cantones
periféricos, como Talamanca, Matina y Guatuso se encuentran
entre los más vulnerables (ProDUS, 2006).
Aparte de la temporada ciclónica, el temporal que afectó la zona
norte y la vertiente del Caribe a mediados de enero de 2005 fue
clasificado por el IMN como el más fuerte de los
últimos 35 años. Once cantones en cuatro provincias
fueron impactados. Datos puntuales caracterizan la condición
de vulnerabilidad de dos cantones con cifras récord de
precipitación: Talamanca y Sarapiquí. Ambos se encuentran
entre los cantones con mayores proporciones de hogares pobres
(49,7% y 35,1% respectivamente). Talamanca fue el municipio con
más daños en su infraestructura productiva, educativa
y sanitaria; Sarapiquí, el cantón con mayor cantidad
de personas albergadas (2.186). El impacto del evento ameritó
la primera declaratoria de emergencia por un fenómeno hidrometeorológico
del año. La CNE estimó el monto de las pérdidas
en más de 43.880 millones de colones en múltiples
sectores (educación, vivienda, salud, infraestructura vial,
energía), además de 281 comunidades y 60.000 personas
afectadas (CNE, 2006).