El rasgo más notable del período bajo estudio (de enero de 2005
a principios de marzo de 2006) fue la baja en la calidad de la
democracia electoral y en el ejercicio de la representación
política, en relación con años anteriores.
Por una parte, las elecciones nacionales y locales del 2006 reflejaron
un importante deterioro orgánico y funcional del sistema
electoral y del sistema de partidos políticos. Por otra
parte, se agudizaron las tendencias de desgaste de las capacidades
institucionales del sistema político para cumplir con los
mandatos ciudadanos, y de erosión de la democracia representativa.
Las elecciones del 2006 produjeron la desaparición del bipartidismo PLNPUSC
que prevaleció en los últimos veinte años
y dieron paso a un nuevo y frágil sistema multipartidista.
El derrumbe electoral del PUSC, agrupación dominante en
la década de los noventa e inicios del nuevo siglo, puso
fin a una era política y a un sistema de partidos:
por vez primera desde mediados del siglo XX, las divisiones y
tradiciones políticas originadas en la Guerra Civil de
1948 no fueron factores decisivos en las preferencias electorales
de las y los costarricenses.
El orden político actual se caracteriza por la combinación de dos
factores de difícil acoplamiento. Por un lado el sistema
de partidos políticos adoptó un carácter
pluripartidista con débiles vínculos con la ciudadanía;
un vasto segmento de la población se declaró “sin
partido”, el más alto en los últimos cuatro
procesos electorales, y el nivel de participación disminuyó
nuevamente: en el 2006 el abstencionismo superó los ya
altos niveles de 1998 y 2002 (pasó de 30% a 35%). Por otro
lado, la voluntad popular manifestada en las urnas originó
gobiernos divididos a nivel nacional y local, con escasos márgenes
de maniobra política. Este nuevo escenario plantea un dilema
político de gran complejidad para el país: un quebradizo
sistema de parti-dos debe procesar importantes reformas para potenciar
el desarrollo humano y dar una conducción clara al Gobierno,
en momentos en que éste carece de las capacidades políticas
para dar respuesta a las demandas ciudadanas. En síntesis,
se trata de una combinación de facto-res políticos
adversos para un régimen presidencialista como el costarricense
(gráfico 1.5).

El Partido Liberación Nacional (PLN) ganó la elección presidencial
del 2006 con un 40,9% de los votos. En segundo lugar se ubicó
el Partido Acción Ciudadana (PAC) con un 39,8%. El hecho
más notable en ese proceso fue el desplome del respaldo
electoral al Partido Unidad Social Cristiana (PUSC), que únicamente
alcanzó el 3,6% de los votos válidos emitidos para
presidente. En la mayoría de los cantones ganados por el
PUSC en el 2002 –en especial los ubicados en las provincias
periféricas- triunfó el PLN. El PAC, por su parte,
experimentó un ascenso importante en su apoyo electoral,
gracias a que aglutinó los votos de la oposición
“anti-Arias” de estratos medios y urbanos, mientras
que el Movimiento Libertario (ML) no logró su objetivo
de capitalizar el derrumbe electoral del PUSC e incrementar su
caudal político y su presencia en el Parlamento. Debido
a la polarización de la competencia entre el PLN y el PAC,
los nuevos partidos fueron claros perdedores.
En esta oportunidad la merma en la participación de la ciudadanía
y su desvinculación partidaria evidenciaron una vulnerabilidad
en lo que se consideraba una fortaleza del sistema político
costarricense: la gestión electoral. A diferencia de ocasiones
anteriores, quedaron patentes deficiencias en el diseño
y la gestión del proceso electoral, que pusieron de manifiesto
problemas en la calidad de los mecanismos de selección
de las y los representantes políticos y dejaron al descubierto
importantes vulnerabilidades del sistema. Esta situación
fue la base para que, por primera vez desde 1948, un partido político
cuestionara la pureza del sufragio, lo que a su vez abrió
un debate público inédito sobre esta materia y sentó
un precedente para futuras elecciones. Pese a estas deficiencias,
el proceso a través del cual las y los costarricenses eligieron,
mediante el ejercicio del sufragio, a sus autoridades nacionales,
legislativas y municipales en 2006, puede considerarse limpio.
Con las evidencias existentes hasta ahora, no cabe duda de que
el desenlace de las elecciones reflejó la voluntad
popular.
Una vez más las preferencias electorales de las y los ciudadanos conformaron
órganos de representación política divididos.
En el caso de la Asamblea Legislativa, por cuarta ocasión
consecutiva (1994-2010), ninguna agrupación posee la mitad
más uno de los legisladores. En lo que respecta a las municipalidades,
el PLN obtuvo 228 concejales (el 45%). Le siguen el PAC con 141,
equivalentes al 28%, el PUSC y el ML con 59 (12%) y 36 (7%), respectivamente
(Alfaro, 2006). Luego aparecen otros 23 partidos que consiguieron
cuatro plazas o menos en los gobiernos locales. Si esto se valora
desde la perspectiva de los serios desafíos documentados
en los capítulos anteriores, es claro que el sistema político
deberá procesar profundas reformas para apalancar el desarrollo
humano en una etapa en la que, precisamente, su capacidad para
hacerlo es menor.
Por otra parte, en el tema del marco regulatorio del financiamiento político
no hubo ningún avance en el proceso electoral del 2005-2006,
debido a la falta de voluntad legislativa para modificar
la normativa en esta materia. Ello constituye un área de
preocupante debilidad de la democracia costarricense, como se
ha señalado en informes anteriores. La única en
este ámbito fue que en las elecciones del 2006 el monto
de la contribución estatal fue bastante mayor que el asignado
en los tres procesos anteriores.
Inicio
El Duodécimo Informe Estado de la Nación incorpora una nueva aspiración,
relacionada con los mecanismos de democracia directa o semidirecta.
La inclusión de este tema obedece a una reforma constitucional
que estipula que en Costa Rica la forma de gobierno, además
de representativa, es también participativa (artículo
9 de la Constitución Política)7. Frente
a la erosión en el ejercicio de la representación
política antes apuntada, el Informe reseña cómo
el país se ha aprovisionado de mecanismos de consulta ciudadana,
como el referéndum y la iniciativa popular. Sin embargo,
en la actualidad el mayor desafío para el reconocimiento
de la democracia directa, pasa por resolver la interrogante de
cómo llevar a la práctica esos instrumentos consultivos.
Como en años anteriores el Informe examina si en la sociedad costarricense
se cumple, y el grado en que ello ocurre, la aspiración
de contar con un libre acceso ciudadano a una justicia independiente,
pronta, cumplida e igual para todos. En la presente edición
el seguimiento a la aspiración sobre administración
de la justicia es particularmente acotado. Se enfoca en los indicadores
de eficiencia relacionados con la justicia oportuna, pero
sin estudiar aspectos sustantivos de carácter jurisprudencial.
El énfasis recae más bien en dos materias, la justicia
agraria y la contencioso-administrativa. Además se hace
una breve mención sobre la justicia laboral.
En el 2005 hubo mejoras en la eficacia del sistema de administración
de justicia con respecto a períodos anteriores. Cuando
se examinan los indicadores generales, se observa que el aumento
en la planta de jueces registrado en los últimos cinco
años8, combinado con la relativa estabilidad
en la entrada neta de casos judiciales ha repercutido de manera
positiva en el número de casos pendientes al final
de cada año.
Pese a estos avances, las materias aquí analizadas muestran resultados
positivos y negativos. La justicia laboral reporta mejorías
en algunos aspectos y deterioro en otros. Entre los logros cabe
destacar la reducción, de 726 casos, en la cantidad de
expedientes en trámite (al inicio del 2005 había
30.123 asuntos activos, y al 31 de diciembre se contabilizaron
29.397). Un desempeño opuesto lo presentó el Juzgado
de Trabajo del Segundo Circuito Judicial de San José, ya
que a pesar de haber recibido 339 asuntos menos que en el 2004,
su número de expedientes en trámite creció
en 1.287 casos (Solana, 2006).
Por su parte, la materia agraria es la que aporta el menor número de casos
nuevos cada año: durante el quinquenio 2001-2005 su valor
osciló entre 3.000 y 3.100 expedientes si se considera
la entrada total, y entre 2.800 y 2.900 si se toma en cuenta solo
la entrada neta. La duración promedio de los juicios ordinarios
agrarios, hasta que se dicta sentencia, es de 31 meses y 2 semanas
(más de dos años y medio). No obstante, existen
sustanciales diferencias entre juzgados.
En materia contencioso-administrativa, el “megadespacho” que atiende
en primera instancia inició funciones en el 2005, con un
circulante de 2.299 expedientes y ocho jueces. Al finalizar
el año reportó 4.390 expedientes, lo que implica
un aumento del 90%, a pesar de que en ese período el número
de jueces que integraban el Juzgado ascendía a catorce9.
En lo que concierne a la gestión política responsable, cabe señalar
que el Parlamento postergó la aprobación de las
reformas electorales en trámite, y no mostró avances
significativos en temas pendientes en distintos campos.
En su lugar, la normativa promulgada durante la última
legislatura fue, en términos generales, de escasa trascendencia.
Durante el período constitucional 2002-2006 se aprobó
un total de 234 leyes, de las cuales el 28,6% fue presentado por
el Poder Ejecutivo y el 71,4% por el Legislativo. Desde el punto
de vista histórico, la producción descendió
prácticamente en un 50% respecto del período constitucional
precedente, en el cual se promulgaron 477 leyes. Resalta el hecho
de que en la cuarta y última legislatura (2005-2006) se
produjo más del doble de legislación (67 leyes,
en comparación con 30 del período anterior). En
cuanto a proyectos de ley, durante el período constitucional
considerado la Asamblea Legislativa recibió 1.489 expedientes10,
una cifra muy alta, que contrasta con las 234 leyes aprobadas;
esto significa que, por cada 100 proyectos presentados,
se emitieron 15,7 leyes (Zúñiga, 2006).
En términos del reconocimiento de derechos y la provisión de recursos
para la aplicación de la normativa emitida por la Asamblea
Legislativa, es importante mencionar que 41 de las leyes aprobadas
en este ámbito conceden algún tipo de derechos,
amplían los existentes o generan nuevas obligaciones para
el Estado; sin embargo, solo en 15 de ellas (cerca de una tercera
parte) se estipulan fuentes de financiamiento (sean recursos
nuevos o la reutilización de los existentes) para atender
esas obligaciones.
El presente Informe también analiza la conducción de la política
exterior costarricense en el 2005. En materia de promoción
de valores se dieron notables contradicciones e inconsistencias,
mientras que en la defensa de los intereses políticos,
económicos y diplomáticos bajó el perfil
de la acción nacional y aumentó su supeditación
a las tendencias de la acción regional centroamericana.
En el primero de estos ámbitos, el país mantuvo
una actitud muy "proactiva" en la presentación
de iniciativas sobre derechos humanos y ambiente. Además
se ubicó en posiciones de relieve en foros internacionales,
lo que le permitió aumentar su visibilidad y proyección.
Sin embargo, mostró una actitud inconsistente en la votación
de la resolución sobre los detenidos en la base militar
estadounidense de Guantánamo y no actuó con suficiente
diligencia en el seguimiento de la petición de retirar
su nombre de la lista de la coalición que realizó
operaciones militares en Iraq, según mandato de la Sala
Constitucional del año 2004. En la promoción y defensa
de los intereses nacionales se observaron dos tendencias. Por
un lado, la política exterior se inclinó más
a fortalecer el posicionamiento de Costa Rica ante dos aliados
tradicionales, Estados Unidos y Taiwán, que a construir
mayores equilibrios estratégicos. Por otro lado, la acción
internacional del país tendió a "regionalizarse",
es decir, su relación con actores centrales de la geopolítica
mundial se inscribió más en el marco del Sistema
de Integración Centroamericana (SICA) que en la búsqueda
de objetivos nacionales a través de relaciones bilaterales.
Por último, la conflictividad social del 2005, un año preelectoral,
disminuyó sensiblemente con respecto al período
anterior, del mismo modo que en el 2001 (otro año preelectoral),
la conflictividad fue inferior a la del 2000. En el quinquenio
2000-2004 se registró un promedio de 462 acciones colectivas
anuales, mientras que en el 2005 la prensa escrita reportó
371. En todo el período, los protagonistas centrales de
estos hechos fueron los trabajadores, quienes gestaron el 44%
de los movimientos (Mora, 2006). En orden de importancia les siguieron
los grupos de vecinos y los empresarios. El principal recurso
de la acción colectiva sigue siendo la declaración
pública, que contabiliza el 32% de los casos en 20002004
y el 42% en el 2005. En este último año hubo una
sensible disminución en el uso del bloqueo como mecanismo
de protesta (solo un 6% de las acciones colectivas, en comparación
con un promedio de 24% durante el período 2000-2004).