El hecho más sobresaliente que consigna el Duodécimo
Informe Estado de la Nación es el fin de una
era política. Por primera vez desde la Guerra Civil de
1948, las divisiones y tradiciones originadas en aquel conflicto
no fueron factores decisivos en las preferencias electorales de
las y los costarricenses. Las elecciones nacionales del 2006 acabaron
con el sistema bipartidista que gobernó el país
durante los últimos veinte años. Pero, más
allá de estos resultados, el dato fundamental es que la
mayoría ciudadana no tiene vínculo partidario y
ninguna agrupación cuenta con lealtades sólidas,
lo cual afecta la capacidad del sistema político para expresar
intereses y procesar conflictos. En estas adversas condiciones,
los partidos, las instituciones y la ciudadanía tienen
ante sí la difícil tarea de impulsar importantes
reformas precisamente cuando las capacidades del sistema político
se encuentran mermadas.
Los cambios políticos ocurren
en el marco de una situación económica y social
en la que existe una tensión básica entre las aceleradas
transformaciones en la producción y la distribución
de bienes y servicios, por un lado, y la insuficiencia del
desempeño nacional para enfrentar los desafíos de
largo plazo en materia de desarrollo humano, por otro. En un lapso
de solo veinte años, el aparato productivo costarricense
cambió de manera profunda, debido a la implantación
de un nuevo estilo de desarrollo. La vieja economía fue
sustituida por una en la que el sector financiero, las zonas
francas y el turismo son las actividades más dinámicas.
Este cambio continuó manifestándose con fuerza en
el 2005, alentado por niveles históricamente altos de inversión
extranjera directa y de exportaciones, que impulsaron una alta
tasa de crecimiento.
En términos de la distribución
del ingreso, los datos disponibles indican que la sociedad costarricense
es significativamente más desigual que hace dos décadas,
una tendencia inversa a la experimentada entre 1960 y 1980. La
mejoría en el corto plazo del indicador Gini de desigualdad
observada en el 2005 fue producto, más que de una recuperación,
de una baja generalizada en los ingresos de los ocupados. Los
resultados económicos favorables no fueron suficientes
para contrarrestar esta evolución, debido a la falta de
encadenamientos productivos, sociales y fiscales de los
sectores más dinámicos con el resto de la economía.
Así, nada en el desempeño de la sociedad costarricense
durante el 2005 hace variar la apreciación sobre la insuficiencia
del desarrollo humano. Los indicios de una nueva y más
peligrosa fase”, apuntados en el Informe anterior, se acumularon.
La imagen de una casa común deteriorada sigue vigente:
de nuevo se erosionó la representación política,
ocurrió la caída ya mencionada en los ingresos de
los ocupados y se registró una nueva baja en la inversión
social. Ciertamente hubo un incremento de los ingresos de los
hogares, pero ello estuvo asociado a la incorporación de
nuevos miembros de las familias al mundo laboral, muchos de ellos
con empleos parciales y de baja calidad.
En 1998, el "Prólogo"
del Cuarto Informe utilizó la metáfora de un vehículo
para describir a "una sociedad frenada y con olor a quemado",
en la que distintos sectores se disputaban la dirección,
parando y acelerando simultáneamente. Hoy esa situación
se ha agudizado: debido al paso del tiempo, frenos, acelerador
y volante ya no responden del mismo modo. Estos actores no solo
siguen estorbándose, sino que no caen en cuenta de que
el vehículo tiene fallas y ya rueda sin mucha dirección
por pendientes de cerros y precipicios, con gentes a la vera del
camino y otros vehículos en movimiento. En este nuevo entorno,
la conducción temeraria o la ilusión de que la disputa
dentro del carro puede prolongarse indefinidamente entraña
riesgos para todos.
Las pendientes que hacen inevitable el movimiento del vehículo son moldeadas
por fuerzas políticas, sociales y económicas de
distinto signo e intensidad. En el plano político, el creciente
y extendido malestar ciudadano con el desempeño nacional
es una potente fuerza de cambio que ya reconfiguró
el sistema de partidos. Este malestar emergió tangiblemente
a mediados de la década anterior, y se exacerbó
con nuevos detonantes de corto plazo como los escándalos
de corrupción del 2004, el pesimismo ciudadano ante la
evolución del país y la negativa evaluación
de la gestión gubernamental. En el plano social, la avanzada
transición demográfica y una urbanización
desordenada y segmentada son fuerzas que han creado una sociedad
muy distinta a la de décadas anteriores. En el plano económico
la fuerza de cambio es, como se dijo, un nuevo estilo de desarrollo
que se ha consolidado, aunque exhibe problemas de articulación
y productividad. Estas fuerzas que empujan al país en distintas
direcciones y velocidades amplían las tensiones documentadas
en ediciones previas de este Informe. Dejadas por sí solas,
"no suman" ni producen un cambio ordenado con rumbo
claro; por el contrario, llevan a una ruta de colisión.
De ahí lo cruciales que resultan los acuerdos políticos
en el país: son indispensables para aprovechar el impulso
de las pendientes, encontrar camino seguro y enrumbar el vehículo
hacia un destino compartido.
Este panorama coloca a Costa Rica frente a un complejo y singular dilema estratégico.
Por una parte requiere ejecutar profundas transformaciones económicas,
sociales e institucionales para hacer frente a los cambios sociales
en marcha y a la insuficiencia de su nivel de desarrollo
económico para mantener su estado social de derecho y
fortalecer la protección ambiental. Pero, por otra, su
sistema democrático define una vía gradual,
heterodoxa y parcial en el diseño y ejecución
de esas transformaciones. Este gradualismo amenaza con convertirse
en parálisis por la crisis del sistema de partidos y
el deterioro de las capacidades institucionales del Estado.
En pocas palabras, el país necesita realizar cambios
urgentes y profundos, pero el sistema político, que de
por sí no está diseñado para procesarlos
con rapidez, se encuentra en una fase de particular incapacidad.
En este contexto, la eventual ratificación del Tratado de Libre
Comercio con Estados Unidos, Centroamérica y República
Dominicana tensa el ambiente político, pues implicaría
la implementación de un programa de reformas institucionales
que introducen ajustes sustantivos a varios sectores del Estado.
Si, al amparo de la situación actual, los actores operan
guiados por la creencia de que es necesario jugarse el todo
por el todo” para imponer sus intereses o no perder sus
posiciones, podrían desencadenar situaciones que tengan
efectos sobre la estabilidad política. En síntesis,
Costa Rica debe resolver en el corto plazo la cuestión
de cómo efectuar profundas reformas a la sociedad, la
economía y el Estado, por la vía democrática.
Es preciso reconocer que la singularidad del dilema costarricense no radica en
su excepcionalidad. Varios elementos de la situación
nacional son comunes a otras sociedades: el nivel de desarrollo
medio, la ubicación estratégica del país,
la carencia de fondos de cooperación, la inexistencia
de los recursos naturales necesarios para establecer una economía
extractiva, su trayectoria democrática o la crisis en
el sistema de partidos políticos. Otros elementos sí
son propios del caso costarricense: la particular configuración
de su Estado o su liderazgo dentro de América Latina
en materia de desarrollo social y conservación del ambiente.
Lo verdaderamente singular del dilema estratégico que
enfrenta Costa Rica es la combinación de los factores
antes mencionados como elementos constitutivos de su situación
actual. Desde una perspectiva comparada, pocos países
afrontan la necesidad de resolver en forma simultánea
problemas económicos, políticos e institucionales
complejos, en procura de relanzar una época de desarrollo
humano acelerado en un marco de instituciones democráticas
consolidadas. En este sentido, Costa Rica debe actuar en varios
frentes en poco tiempo, ya no solo para avanzar hacia niveles
más altos de desarrollo, sino para mantener los logros
alcanzados.
El país se apoya sobre un umbral de alto desarrollo humano, que paulatinamente
se ha venido consagrando mediante el reconocimiento de derechos
para la población y que hoy por hoy constituye un elemento
clave en la dotación de factores. Hace cincuenta años,
las bases de este umbral fueron la universalización de
la enseñanza primaria, la extensión de la cobertura
en salud y otros servicios básicos, la ampliación
de los derechos políticos y la protección del patrimonio
natural. En la Costa Rica actual, asegurar la sostenibilidad de
estos logros acumulados en desarrollo humano es imperativo; no
hacerlo es inexcusable, aunque implique esfuerzos importantes.
Pero el problema medular es a futuro: como se indicó en
el Décimo Informe, en los próximos años el
país requerirá incrementar aceleradamente su productividad,
mejorar la equidad social, hacer un uso sostenible de sus recursos
naturales y perfeccionar la democracia para mejorar el bienestar
y la calidad de vida de la población.
Una vez más, el Informe Estado de la Nación reitera la
urgencia de lograr acuerdos políticos para impulsar reformas
que inauguren una época de rápido progreso social,
crecimiento económico arraigado y perfeccionamiento de
la democracia. El año pasado se dijo: "Para avanzar
(en el desarrollo humano sostenible) será necesario concretar
una transacción social que distribuya oportunidades y beneficios
entre los habitantes del país, en particular entre los
sectores que poco o nada han ganado de la política de apertura
e inserción internacional. También habrá
que distribuir sacrificios, pues toda solución tienen
costos, pero deberá asegurarse que no se recarguen sobre
los grupos más vulnerables". Este desafío sigue
vigente y, en las actuales condiciones políticas, es aun
más apremiante. Sin embargo, pretender que la transacción
sea inmediata, integral y perfecta, pudiera ser la mejor manera
de tornarla imposible. Antes bien, los acuerdos que el país
necesita podrían ser desencadenados a partir de experiencias
particulares, en las que las fuerzas políticas y sociales
restablezcan la confianza mutua sobre la base de resultados
concretos.
¿Por donde empezar? Hay ámbitos donde, pese
a las discrepancias y suspicacias, este Informe ha podido constatar
la existencia de amplios acuerdos sobre algunos objetivos de política
y sobre la necesidad y conveniencia de efectuar cambios institucionales.
La universalización de una educación secundaria
diversificada y de calidad -el tema especial del Undécimo
Informe- y la importancia de remover obstáculos que impiden
el desarrollo de una infraestructura vial moderna -el tema especial
del presente Informe- son dos áreas en las que se han identificado
visiones y objetivos compartidos y viables para superar barreras
que hace pocos años eran motivo de confrontación.
Estas podrían ser un "laboratorio" donde las
fuerzas sociales generen un nuevo estilo de hacer política
en el país, más cercano a las necesidades y aspiraciones
de la población.
| Recuadro
1.1 |
Desafíos
señalados por diversas ediciones del Informe
Estado de la Nación
|
- Recuperar la fe en la política
y mejorar la calidad democracia.
- Crear empleos y oportunidades empresariales
de mejor calidad y productividad y articular las nuevas
exportaciones con el resto de la economía.
- Modernizar la infraestructura de transportes
y comunicaciones.
- Controlar la deuda interna.
- Cerrar las brechas de desarrollo entre
las distintas regiones del país.
- Cerrar las brechas sociales, económicas
y políticas entre los géneros.
- Adoptar políticas nacionales en
temas clave como régimen tributario, pobreza, migración
y relaciones con Nicaragua.
- Ampliar la cobertura, mejorar la calidad
y diversificar la educación secundaria, como mecanismo
para dar pasos firmes hacia la reducción de la
pobreza y el aumento de la productividad.
- Encarar el deterioro acumulado en la
equidad social.
- Lograr una transacción
social que distribuya oportunidades y beneficios entre
las y los habitantes.
Fuente: Elaboración propia.
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